En un restaurante las horas se van al teléfono con la barra llena, a las reservas del sábado que no confirmaron y a los comensales que comieron bien y no volvieron porque nadie sabe quiénes son. Estas son las que ya montamos, con lo que entra, lo que sale y lo que hace falta de tu parte.
Trabajamos sobre lo que ya usáis. Si el programa de reservas o el TPV tiene por dónde conectarse —casi todos los actuales lo tienen— nos enganchamos ahí; si es un cuaderno, montamos la agenda nosotros. Se comprueba en la consultoría, antes de prometer nada.
No pasa nada: ve la carta igual y se le atiende igual. El sistema de puntos es para quien quiere, y no hace falta que lo haga todo el mundo para que funcione: con una parte de los clientes apuntados ya hay a quién recordarle que existes cuando deja de venir.
Las buenas se contestan con vuestro tono, y las publicáis vosotros o salen solas, como prefiráis. Las de una a tres estrellas no se publican nunca sin que una persona las lea: llegan al móvil, se cambia lo que haga falta y se publican. Y a nadie se le filtra para pedirle reseña: Google lo prohíbe y penaliza el perfil entero.
Depende de lo que haya que conectar. Lo que solo toca el canal —WhatsApp, reseñas, avisos— va rápido; lo que entra en el TPV o en el libro de reservas necesita que el proveedor tenga por dónde, y eso se mira en la consultoría antes de dar fechas. Se empieza por la que más horas quita y el resto se suma después.
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